miércoles, 6 de mayo de 2015

EL NIÑO JESÚS SOTO



         Soledad fue el remanso de los abuelos de Jesús Soto, agobiados de tanto llano, morichales pantanosos, esteros y arroyos.
         De manera que el único paliativo a su agobio era el Orinoco que recoge todas las aguas del llano y por ese río se vinieron hasta Ciudad Bolívar, según dice el poeta deltano José Balza que le contó el artista.
         Paula Soto era su gran abuela. Desafiaba al Tigre, se metía por Morichal Largo, cruzaba el Caris, vadeaba la Peña. Procuraba la pesca, bailaba joropo y hacía y deshacía su vida para recomenzar cada año nuevo.
         Paula era ágil y sonora. Podía leer las estrellas, descifrar con astucia los secretos del amor e intuir conjuros y acechos.
          Un día doña Paula se fue del Llano sin abandonarlo todo y encontró otros vientos. Ni quiso saber más del silencio interminable de la llanura. Prefería aquel que amodorra y a veces encanta. Prefería el silencio de Soledad.
         Pero un buen día. Soledad como el Llano del Guárico o de Anzoátegui, también se quedó atrás, aunque la abuela, siempre allí, pegada de sus vacas, becerros y gallinas.
         En la barriada pintoresca de Santa Ana, entre el río y el cerro angostureño, se instaló la familia. Pero Emma, la muchacha airosa, liviana como liana, hija de la gran abuela y con olor a jazmín, se prendó como clavel en el ojal de Luis García Parra. 
         Las agudas notas del violín la sustrajeron de su ambiente santanero y aunque después volvió, su regreso no fue de soledad pues estaba en cierne un niño que sabría dialogar con el sonido, la intermitencia del moriche y el rielar luminoso del río.
         Soto nació el 5 de junio de 1923, cuando otro Soto, el general Vicente Pérez Soto, gobernaba en el Estado Bolívar.
         Nació el niño en pleno juegos florales del Teatro Bolívar, cuando se jugaba Rondá y llegaba a la ciudad Monseñor Miguel Antonio Mejía.
         Soto creció delgado e inquieto, con una sinusitis que no lo dejaba respirar, pero con la cual acabó de una vez la yerbatería indigenista de la abuela. 
         Pescaba el niño, atravesaba el río a nado. Otras veces en curiara, en piragua, y entre el puerto de Santa Ana, Soledad y el hato de Doña Paula, parecía transcurrir la vida de su infancia.
         El niño Soto como Juan Ramón Jiménez, también tenía un Platero. Se llamaba Comino, acaso porque se ponía del mismo color del onoto cuando relinchaba y se restregaba contra los matorrales y la greda del río.
         Con su Comino ensillado se iba de trote por el aquel llano abierto que le infundía cierto temor y respeto. El Llano al igual que el Río le impresionaba hondamente. Pugnaba entonces entre la soledad del llano y la cercanía de la gente.
         En ese tiempo tenía edad de escuela, de palotes y de garabatos hechos con pintura de labio y de carbón sobre cartón o el duro lienzo de paredes y tapias.
         ¡Déjalo tranquilo! Terciaba muchas veces la abuela. “Déjalo mujer, tranquilo, que a lo mejor quiere ser pintor y eso es bueno”
         Y para que dejara en paz el lápiz de la Tía y no gastara los carbones del fogón, la complaciente abuela le obsequió un arcoiris de creyones.
         Desde entonces, desde la edad de cinco años, Soto pintaba, jamás dejó de pintar y fue pintor.
         Pero, acaso, también músico, buscando la vena del padre que era violinista de circos, cines y parrandas. El, igualmente, pretendía atrapar el sonido con la misma gracia y sensibilidad de su padre. Más, no con el violín. Prefería la guitarra, intermedio entre ese instrumento antiguo de Carmona y el cuatro criollo del llano.
         Siempre Soto soñó con una guitarra hasta que al fin un día la tuvo, ya fuera de infancia, en Caracas, Maracaibo, París, donde había un sabio del instrumento, el maestro Lagoya, que tanto le enseñó y tanto quiso fuese como él. Pero Soto había nacido y crecía para ser pintor.
         Un día Soto se dio cuenta que su infancia se le estaba quedando atrás. Fue cuando el amor rozó su piel impregnada de playa, llano y sol.
         El amor le llegó temprano y temprano quiso deshacerse de él, obligado por quien tiene metas en dirección hacia otros horizontes. El amor primaveral, tierno y romántico, entre picoteos, excursiones y películas, lo sacudió, pero sin que pudiera alienarlo.
         Soto era un joven de muchas horas de cine. Estaba exonerado de puerta gracias a que desde muy de madrugada, pintaba los carteles y cartelones anunciando la película del día.
         Asimismo calzaba unas buenas horas de pista, bailando en cada fiesta de amigos. El baile era su pasión. Cualquier música contagiaba  su ser, armonizaba sus pasos, un bolero, una rumba, una guaracha y hasta un foxtrot.
         Pero un día de tanto pintar carteles, hasta 50 en una hora, de los cines Royal, América y Mundial, a alguien, aparte de sí mismo, se le ocurrió que debía ser pintor de verdad y le puso como único requisito una beca.
         Entre Vicencio Pérez Soto y Mario Briceño Iragorri, habían pasado por esta Ciudad Bolívar casi un gobernador por cada año de su vida y él contaba diecinueve. El Obispo, sin embargo, era el mismo llegado a la ciudad cuando él abría los ojos en el siempre animado puerto santanero.
         Entre el obispo y el Gobernador hubo acuerdo y el adolescente pudo distanciarse físicamente de la Ciudad y el río y llegar a la ansiada Caracas que parecía abrir todas las posibilidades. Luego fue la ciudad del Lago y finalmente París, capital de la cultura y el arte occidental. La ciudad que definitivamente le alumbró el camino, un camino, sin embargo, con rastros de azul y ocre, con intermitencias de moriche y luminoso rielar del Orinoco.
         Allá se sembró, allí se quedó, lejos del Orinoco, muy cerca del  Sena, que también riela como el río padre de todos los ríos de su tierra mestiza, de ese gran río del cual aprehendió las líneas que atraparon el tiempo y que también tiene sus agujeros negros donde quedó sepultado como enésima estrella del universo.


(Soto nació el 5 de junio de 1923 y murió en Paris el 17 de enero de 2005)

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