miércoles, 28 de mayo de 2014

La etnia Panare en el Museo Soto


El Museo Soto abrió sus puertas en el mes de octubre de 1986, a 25 años de fotografía de la etnia Panare del artista franco-venezolano Henry Corradini.
         La exposición, que duró hasta el XI Festival Nacional de la Conservación “Francisco Tamayo” que a mediados de noviembre tuvo su sede en Ciudad Bolívar, constaba de 88 fotografías 40x60 que cubrían 50 metros lineales de pared en la sala de entrada del museo.
         El gobernador René Silva Idrogo, acompañado del director del museo, Freddy Carreño y del viceministro de Sanidad, José Manuel Padilla Lepage, abrió las puertas de la exposición que se iniciaba con este pensamiento de Chilan Balam:
         “Entonces todo era bueno / Y entonces los dioses fueron abatidos /        Había en ellos sabiduría…/ No había entonces pecado / No había enfermedad / No había dolor de hueso / No había fiebre para ellos / No había viruela”.
Se exhibió también un mapa de las comunidades Panare (E’ ñapa) preparado por la antropóloga María Eugenia Villalón que señala al sur del Orinoco un total de 41 comunidades. Luego, el levantamiento y dibujo de la estructura de una casa o churuata E’ ñapa capaz de albergar hasta 60 personas; una fotografía aérea de la tierra habitada por el indio, que es como dice Barné Yawari, “el recuerdo de mi origen que siempre está aquí, porque todo lo que tenemos fue creado aquí”.
Una cúpula como el firmamento cubría una churuata de forma cónica, inmensa y tupida con la fibra del Moriche que es el árbol de la vida. Una entrada rectangular, un perro negro como guardián y el indio enhiesto apoyado en la flecha.
“La tribu le dice a sus niños que son todos iguales, ninguno vale más que otro, ninguno menos, la desigualdad es prohibida porque es falsa, porque es perniciosa”.Corradini copia este comentario de Pierre Clastres para ilustrar las fotografías donde la madre india sentada en su chinchorro despioja al hijo acurrucado sobre sus piernas fuertes y hermosas, mientras los otros, sobre el lomo de la curiara, contemplan ensimismados el universo.
Porque “nuestra vida se desarrolla sin temores ni ambiciones desmesuradas, corría como el flujo uniforme y tranquilo de un río”, acota la octogenaria india con palabras de Chanlatte.
“Porque ahora, todo lo que constituye nuestro patrimonio valioso está siendo dilapidado por la cruel empresa de nuestros enemigos”. Y los Panare parecen meditar sobre el punto, sentados sobre el árbol derribado y truncado.      
Y Pierre Clastres vuelve a decir que “el etnocidio es, pues, la destrucción sistemática de los modos de vida y de pensamiento de gentes diferentes. En suma, el genocidio asesina los cuerpos de los pueblos, el etnocidio los mata en espíritu”. Y la india deja escapar su muslo por la rotura del chinchorro al mostrar al niño el animalillo extraviado de su cueva en tanto que las curiaras forzadas por la corriente del río rebasan la capacidad de maniobra del hombre de la selva.
“Entonces tuvieron apariencia humana, y hombres fueron, hablaron, dijeron, vieron, oyeron, anduvieron…; hombres buenos, hermosos; su apariencia: rostros de varones. La memoria fue, existió.
Vieron, al instante su mirada se elevó. Todo lo vieron, conocieron el mundo entero. Numerosos eran sus conocimientos. Su pensamiento iba más allá de la madera, la piedra, los lagos, los mares, los montes, los valles” (Popul Vuh).
Y la niña sentada sobre la tierra prieta. La niña vestida de collares jugaba con la muñeca de carne y hueso al tiempo que la caravana de racimos y tubérculos abría senderos entre lianas, musgos y samanes.
“Andaban todos desnudos, como sus madres les había parido, con tanto descuido y simplicidad que parecía no haberse perdido el estado de la inocencia en que vivió nuestro padre Adán (Bartolomé de las Casas).

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